Sobre las perspectivas de las izquierdas

Rodrigo Arocena, Joaquín Toledo, Gabriel Márquez y Malena Montano.

La izquierda uruguaya tiene una rica tradición de movilización social, discusión y creación de ideas, autocrítica y desvelo por aunar fuerzas en busca de un mundo más justo. Esa tradición sigue plenamente vigente y está latente en la sociedad uruguaya, expresada a través de una enorme cantidad de iniciativas solidarias, alternativas, comunitarias, de reflexión, de movilización y acción. En los últimos años las demandas sociales se han incrementado, en línea con las experiencias mundiales y han cubierto la escena y permeado fuertemente en las nuevas generaciones. Las consecuencias de este proceso se materializan, entre otras, en que es inimaginable pretender realizar una reflexión sobre el pensamiento de izquierda hoy sin mencionar la crisis climática, la necesidad de un nuevo pacto social, el desigual ejercicio del poder y las estructuras patriarcales que reaccionan ante cada avance de los feminismos.

Uruguay está atravesando un proceso muy particular donde sectores conservadores, militares y liberales se han dado cita bajo una coalición de gobierno que ya ha demostrado sus intenciones en la liberalización de ciertos aspectos de la economía, el fortalecimiento de un aparato de represión y vigilancia social, relegar el rol de un estado que había crecido en sus funciones, apostar a la gestión privada, entre otros elementos.

En este marco global y nacional el debate plural y fraterno de postulados profundos se vuelve fundamental. Es por esto que a partir de un texto de Rodrigo Arocena preliminar y breve, varias personas hemos intentado aportar y enriquecer un debate incipiente sobre el diagnóstico de la izquierda y los desafíos que tenemos para afrontar un futuro incierto, tal vez como nunca antes. Esta relatoría es un intento de seguir construyendo un cuerpo ordenado de ideas que incorpore aportes, observaciones y sugerencias que nos han hecho llegar. Es claro que el proceso de debate recién empieza y la tinta que corre en estas páginas es una fuerza viva que tiene la intención de ser objeto de cuestionamiento y enriquecimiento, así como una invitación a que se elaboren otros aportes que contribuyan al debate que hace falta promover en el conjunto del movimiento popular uruguayo, en diálogo con las izquierdas de otros países y regiones.

A escala internacional, la historia reciente y la problemática contemporánea requieren una revisión a fondo de los supuestos, las propuestas y las prácticas de las izquierdas. Los errores cometidos y las oportunidades poco aprovechadas reclaman modestia. Hace falta estudiar sistemáticamente e intercambiar ideas de manera amplia y plural. Debemos volver a aprender cómo impulsar transformaciones sociales deseables. Lo que está pasando en el mundo lo hace urgente: hoy hay que enfrentar dificultades todavía mayores que las de ayer, mañana quizás sea posible hacer cambios inesperadamente grandes.

Ante este enredo de información, multiplicidad de batallas y atomización de noticias parece propicio invitar a un debate en términos estratégicos como izquierda, para trascender los temas de agenda y trazar nuevos horizontes de construcción colectiva.


Hacia izquierdas democratizadoras de inspiración socialista

Las propuestas transformadoras deben combinar la definición de fundamentos éticos claros con el análisis de las dinámicas sociales. Los principios de las izquierdas tienen que abrirse paso en las realidades del poder. Éste puede entenderse como las posibilidades que tienen los grupos humanos para llevar a la práctica sus propósitos mediante cierto control del entorno natural y social.

Corresponde pues prestar especial atención a algunas estructuras de ejercicio del poder: en primer lugar, el poder económico, político, militar e ideológico que se plasma en las principales relaciones sociales. Al mismo tiempo, el poder tecnológico que se plasma en las fuerzas productivas, destructivas y de comunicación. Por otra parte, las dos precedentes generan influencias mutuas. A su vez, los medios de comunicación y quiénes producen y reproducen la información  son actores políticos relevantes que a través del uso y abuso de sus herramientas logran instalar y moldear el sentido común y el relato. La expansión del conocimiento avanzado ha multiplicado la gravitación de la tecnología, en gran medida controlada por las élites.

A continuación se recorren varios elementos distintivos de la tradición de izquierda, se plantean varias tensiones y se abordan desafíos inevitables para construir lo que Rodrigo Arocena denominó izquierdas democratizadoras de inspiración socialista.

Orientaciones generales

Primer movimiento: los principios éticos

Las izquierdas podrían definirse por un compromiso ético: impulsar conjuntamente libertad, igualdad y solidaridad. Las tres consignas deben ser consideradas en conjunto y al mismo nivel, sin sacrificar ninguna a las otras. Conjugan derechos con compromisos, individuales y colectivos, apuntando a mejorar la calidad de vida material y espiritual de la gente con prioridad a los más postergados. Llevan a reivindicar el pluralismo, la democracia y la agenda completa de los derechos humanos – civiles y políticos, económicos, sociales y culturales, sexuales y reproductivos, de los pueblos, de las generaciones futuras – para todas y todos en todas partes. Sin embargo, es necesario atender que los conceptos de libertad y deber pueden ser utilizados de múltiples maneras y como justificaciones autoritarias. Por ende, en este texto hablaremos de compromisos.

Contra la(s) desigualdad(es) a través de la democratización de las relaciones sociales

La democratización de las relaciones sociales apunta a disminuir drásticamente las disparidades de acumulación de riqueza, poder económico, político y de conocimientos, limitar el poder militar, y enfrentar los distintos ejes que estructuran las desigualdades, todo ello en formas que amplíen la calidad de vida individual y colectiva.

Lo anterior implica reconocer que nuestras sociedades son estructuradas por distintos ejes de desigualdad en torno no sólo a la clase social, sino también al género/sexo, lo étnico-racial, las capacidades físicas y cognitivas, entre otras. Esto deviene en un desafío al respecto de cómo articular la lucha contra estas desigualdades tanto en el terreno simbólico y material, entendiendo las formas en que estas relaciones de dominación se cruzan, se complementan y se tensionan.

En un esfuerzo democratizador que no implica simplemente buscar una mayor integración social de las personas y colectivos “tradicionalmente” excluidos, sino también pensar y actuar desde una mirada que fomente prácticas y proyectos socialistas, anti-patriarcales y decoloniales en pos de emancipaciones realmente transformadoras.

Promover la democratización incluye defender los niveles alcanzados de la democracia, que siempre serán parciales y frágiles. En especial, siempre es necesario defender la democracia política, las libertades públicas, el pluripartidismo y las elecciones transparentes. La democracia nunca será completa ni estará garantizada en ámbito alguno. Protegerla y expandirla en todos los terrenos son tareas propias de las izquierdas que constituyen las dos caras de la democratización.

Otra cara de las relaciones sociales se encuentra en la concentración de poder de algunos sectores sociales y que es necesario democratizar. Esto incluye la concentración de poder de militares, médicos y de las élites del conocimiento, grandes capitalistas, y sectores conservadores y religiosos. Al tiempo que por su papel decisivo en la producción será necesario enfrentar el poder del sector agropecuario y agro-industrial, tanto por lo que implica en términos del modelo de producción, como por su alianza con la derecha política que representa sus intereses económicos.

Impulso de los derechos fundamentales

Lo más valioso y perdurable de la inspiración socialista, en sus diversas tradiciones, es la prioridad que asigna a ciertos derechos fundamentales y también al compromiso de la militancia solidaria para transformaciones sociales en las cuales los sectores populares no sean receptores sino protagonistas de los cambios deseables y viables. Esta es una orientación fundamental para la práctica de las izquierdas. Por ejemplo, el “ciclo progresista” latinoamericano se caracterizó por un gran impulso a las políticas sociales, que sin embargo fue perdiendo dinamismo con su propio éxito. Revivirá seguramente junto con la expansión de la agencia de los grupos postergados. Los grandes avances sociales se han caracterizado por el protagonismo de quienes directamente se han involucrado: lo ejemplifican el movimiento obrero, ambientalista y el feminismo, los mayores agentes de transformación con inspiración de izquierdas en la historia contemporánea. Al mismo tiempo es necesario plantear que en el camino que hay por delante existirán múltiples confrontaciones que interpelarán la capacidad de hacer frente a ellas. La experiencia de los ciclos progresistas han demostrado que en las condiciones sociopolíticas de los últimos años se han podido librar batallas clave pero han quedado una gran cantidad en el tintero.

Aprender de la historia

El estudio de los procesos históricos deben tener un lugar privilegiado. Interpretando la historia es posible cuestionar varias sentencias que el capitalismo ha dado como ciertas. El relato oficial también se juega en la historia y entendiendo cómo los ganadores han impuesto su visión sobre el mundo. Tal es el caso del resultado de la caída del muro de Berlín, el final de la guerra fría y la expansión sin límites del capitalismo en su peor versión: el neoliberalismo. En el terreno de la geopolítica este hecho fue tan aplastante que incluso pensadores modernos como Francis Fukuyama se animaron a anunciar que había llegado “el fin de la historia”, refiriéndose al triunfo del libre mercado. Lastimosamente para quienes promulgaron estos postulados, luego de un período de expansión y relativa estabilidad del neoliberalismo, los años 2000 fueron devastadores para el capitalismo global.

Sin embargo, el socialismo cobró inmensa relevancia histórica durante el siglo XX, entendido como un sistema social superior al capitalismo al que habría de desplazar. Eso no sucedió. El socialismo de Estado logró ciertos éxitos iniciales y mejoró en gran medida las condiciones de salud, educación y seguridad social pero no se ubicó como lo pretendía a la vanguardia del desarrollo de las fuerzas productivas. No se puede ignorar tamaña experiencia y seguir reivindicando al socialismo como un modo de producción alternativo al capitalismo, basado en la primacía económica, política e ideológica del partido-Estado. Una visión idealizada del proceso histórico no contribuye al enfrentamiento a los peores rasgos del capitalismo que hoy domina al mundo ni a la búsqueda modesta de caminos necesariamente nuevos para superarlo. Para ambas tareas pueden ser fecundos los ideales fundacionales del socialismo conjugados con los principios democráticos. Esa es la conjetura que inspira la noción de izquierdas democratizadoras de inspiración socialista. Cuando las izquierdas fallan al respecto – como ha ocurrido particularmente en Venezuela – el pueblo involucrado sufre y los sectores progresistas retroceden en muchas partes.

El papel del Estado

Aporte significativo del “ciclo progresista” fue recuperar el papel del Estado. Para que éste sea el escudo de las personas más débiles e impulsor mayor de cambios en profundidad, es imprescindible que se le  dirija democráticamente y con eficiencia. La crisis mundial de hoy vuelve a mostrar la diferencia que hace tener o no tener herramientas estatales adecuadas que permitan respaldar rápidamente a la población priorizando a quienes más lo necesitan. Ampliar y mejorar esas herramientas será imprescindible para afrontar una crisis sanitaria y socio-económica de larga duración así como para promover la cada vez más urgente transformación de la producción. Sólo las izquierdas pueden impulsar el papel estratégico del Estado basado en los principios de justicia social y solidaridad. Tienen que volver a convencer a las mayorías de que saben cómo hacerlo.

Las principales tensiones a abordar

Tres desafíos principales del mundo actual son la insustentabilidad ambiental, las desigualdades y el autoritarismo. Si el crecimiento económico sigue teniendo lugar en desmedro de  la sustentabilidad ambiental, se va a una catástrofe climática. En casi todas partes el crecimiento económico va de la mano con el incremento de la desigualdad. Una de las razones es que este crecimiento se basa en el conocimiento avanzado que, cuando no hay políticas alternativas, es un recurso con rendimientos crecientes a su uso: quienes más lo usan, más lo tienen, mientras lo contrario les pasa a quienes menos pueden usarlo. Falta de sustentabilidad y desigualdad son dos desafíos habitualmente reconocidos y estrechamente vinculados.. Hay que prestar también atención al desafío del autoritarismo, que se extiende o afianza a lo largo y ancho del mundo (China, Estados Unidos, India, Rusia, Brasil…); la desigualdad que afecta a los perdedores de la globalización ha impulsado una reacción chovinista de derechas que facilitó la elección de Trump. En buena medida, cada uno de los tres desafíos agrava a los otros dos. En lo que las izquierdas puedan aportar a enfrentarlos se juega su vigencia y quizás también el porvenir de la humanidad.

Sustentabilidad ambiental (y crisis climática)

Hoy la tensión decisiva es entre el crecimiento económico y la sustentabilidad ambiental: de cómo evolucione dependerá en gran medida lo que suceda con los grandes desafíos que la humanidad tiene por delante. El crecimiento económico ha elevado el nivel de vida de mucha gente, incluso muy pobre, y es clave de permanencia para los gobiernos, pero en sus formas prevalecientes genera una gravísima degradación ambiental: ésa es la tensión que debe ser resuelta. Puede ser pensada como una disyuntiva entre la producción de bienes y servicios, por un lado, y las urgencias de la protección ambiental, por otro. En esa disyuntiva frecuentemente quedan enfrentados los movimientos obreros y los ecologistas.

Ni siquiera en los países ricos se puede simplemente “congelar” la producción, por ejemplo porque siempre hará falta expandir cuantitativa y cualitativamente la producción vinculada a áreas fundamentales del bienestar como la salud. Pero las formas dominantes de la producción en general son ambientalmente insustentables. Hace falta producir mejores bienes y servicios para más gente con menos recursos naturales, priorizando las necesidades fundamentales y los sectores desfavorecidos. Eso exige transformaciones sustantivas, pues tiene que ver con los valores predominantes, con el poder económico y político, y también con el papel del conocimiento, tanto  por las calificaciones de la gente como por las prioridades de la investigación y la innovación. Si se avanzara en esa dirección de transformación los movimientos ecologistas, que tanto han aportado a poner en la agenda pública la cuestión ambiental, podrían cobrar más fuerza y converger con otros movimientos populares en coaliciones para los cambios. Una eventual síntesis del modelo de producción debe combinar estas mejoras cualitativas con una drástica disminución de las desigualdad.

Desigualdades persistentes (y crisis social)

Afrontar la desigualdad al alza, revertir la concentración de la riqueza y disponer de recursos mayores para las políticas sociales exige profundizar el carácter progresivo del impuesto a los ingresos y extenderlo a la riqueza, como lo han planteado por ejemplo Piketty y sus colaboradores. Al mismo tiempo la redistribución, por sí misma, es insuficiente: tiene que hacerse de modos que fomenten la expansión de las capacidades para mejorar la calidad de vida colectiva.

Ciertos gobiernos del “ciclo progresista” – particularmente los del Frente Amplio – hicieron un aporte significativo en la dirección de que paguen más impuestos quienes más pueden hacerlo. Si bien puede discutirse la medida en que durante ese período se  incrementó la contribución del sector más pudiente y se avanzó hacia mayor equidad, es indudable que deben redoblarse esfuerzo en ese sentido.

Avances autoritarios (y crisis democrática)

Para cerrar espacios al autoritarismo y preservar la democracia política, hace falta buscar las más amplias confluencias ciudadanas para la defensa de los derechos y las libertades, así como analizar profundamente el vínculo de las izquierdas con el pasado castrense. Tanto los principios como un análisis mínimamente realista de lo que pasa en el mundo debieran hacer que las izquierdas prioricen esta problemática. En paralelo, es imprescindible limitar el poder militar, afirmando su subordinación al gobierno constitucional, no fomentando intereses castrenses por motivos políticos sectoriales y disminuyendo el generalmente hipertrofiado gasto en defensa. Hace falta reconvertir gradualmente las fuerzas armadas convencionales en cuerpos más pequeños de intervención rápida ante amenazas y emergencias. Para ello conviene superar la ineficiente e injusta divisoria entre oficialidad y tropa, dedicar el tiempo de los soldados ante todo a la capacitación para profesiones varias y convertir cuarteles en centros polivalentes de servicio a la comunidad. Transformar los cuarteles en escuelas es consigna a revivir con objetivos ampliados. La historia enseña que afirmar la democracia pasa por disminuir la gravitación social de las armas.

Las transformaciones profundas que hay que atravesar 

Transformación productiva y social basada en la educación y el conocimiento

Para encarar los desafíos de proteger más al ambiente y depender en menor medida de la bonanza exportadora o de la inversión extranjera, es imprescindible impulsar una transformación productiva basada en la educación y el conocimiento, como lo explicó Fernando Fajnzylber hace ya casi 30 años, pero para lo cual poco se hizo desde entonces. No es nada fácil por cierto concretar estrategias para reorientar el conjunto de la estructura productiva y la inversión extranjera en especial. Pero algunas orientaciones generales debieran ser afirmadas. Ante todo, no hay transformación productiva profunda y deseable sin sostenida incorporación de altas calificaciones y conocimiento avanzado al conjunto de la producción de bienes y servicios socialmente valiosos. En esto las posibilidades de las empresas públicas, particularmente en un país que ha sabido preservarlas como Uruguay, son grandes pero en general poco aprovechadas. Alice Amsden recomendaba propiciar el “modo aprendizaje” del desarrollo, basado en la expansión de las capacidades nacionales. Las izquierdas de la periferia no son inmunes al virus de la dependencia ideológica que incluye suponer que la ciencia y la tecnología del Norte es de por sí mejor que la propia. La crisis sanitaria actual pone de manifiesto el potencial de la investigación nacional de nivel internacional con vocación social. Una estrategia genuinamente transformadora debe proteger los aprendizajes nacionales en materia de conocimiento e innovación para que sirvan a la inclusión social y al desarrollo integral. A su vez, no hay que perder de vista la necesaria contribución que la izquierda debe hacer para el desarrollo de una ciencia y un pensamiento científico latinoamericano que no necesariamente reproduzca los mismos cánones que la producción científica del Norte.

Promover el protagonismo de la gente en la mejora de la calidad material y espiritual de vida pasa por la educación. También pasa por allí la transformación de la producción. Las izquierdas necesitan una concepción integral para una reforma de la educación basada en: (i) la universalización del egreso de una enseñanza media que capacite a todas las personas que egresan para a la vez acceder al trabajo digno y a seguir aprendiendo a nivel terciario; (ii) la generalización de la educación superior efectivamente abierta de manera universal y ligada al desempeño laboral, de forma que se aprenda durante toda la vida activa estudiando a alto nivel a la vez que trabajando en contextos donde se requiere creatividad; (iii) la estrecha vinculación de la formación con la investigación y la innovación orientadas a la inclusión social, la sustentabilidad ambiental y el desarrollo integral. Todo ello requiere defender y consolidar un sistema nacional de educación pública. Requiere también un incremento sostenido de la inversión en educación e investigación y desarrollo. Esta tendrá respaldo sólido de las mayorías populares en la medida en que sea cada vez más clara su contribución a la mejora de la condiciones de vida.

El conocimiento avanzado es controlado en gran medida por las élites, con lo que así afianzan su poder. Ese control lo facilitan quienes cuestionan en bloque al conocimiento científico y tecnológico. No se trata de rehuir sino de afrontar la lucha al interior de ese conocimiento para democratizarlo y reorientarlo a respaldar los cambios deseables. Esa reorientación es viable pues el cambio científico y tecnológico no está predeterminado ni sigue una trayectoria única; no es cierto que no existan alternativas en materia de generación y uso de conocimiento. Pero para impulsar las mejores alternativas no se puede estar lejos de tales procesos. Aquí aparece un problema mayor. Las desigualdades no serán duraderamente revertidas mientras los actores populares estén alejados del poder del conocimiento. Los cambios educativos antes mencionados son condición no suficiente pero sí necesaria para la disminución de tal lejanía. En suma, la imprescindible expansión de la educación y el conocimiento pasan por su democratización.

Transformación productiva y social basada en protagonismos populares

No habrá cambios deseables de gran envergadura sin la participación de la sociedad civil en sus múltiples expresiones. En éstas figuran el movimiento sindical, el feminismo y los movimientos en pro de la diversidad sexual, los ecologistas, el cooperativismo, múltiples organizaciones de defensa de derechos y de grupos específicos incluyendo organizaciones étnicas/raciales, de base comunitaria y territorial, y otros actores sociales colectivos y aquellos que aún no se han encontrado en lo colectivo pero son sujetos oprimidos por el mismo sistema. No habrá democracia sólida ni, menos aún, avances en la democratización sin una sociedad civil autónoma, plural y activa. Diversas organizaciones sociales tendrán que superar el papel de prestadoras de servicios y mediadoras de políticas para afirmar su independencia material e ideológica; el Estado no debe relegarlas a ese papel sino contribuir a que profundicen su autonomía. Los actores de la sociedad civil en general tienen cometidos fundamentales a desempeñar, desde sus capacidades e iniciativas autónomas, en la promoción de formas solidarias y comunitarias de relación de los seres humanos entre sí y con la naturaleza.

Promover protagonismos populares en la transformación productiva pasa por impulsar: (i) experiencias múltiples en la economía social y solidaria, respaldando en especial su autonomía financiera, sus capacidades tecnológicas y los aprendizajes permanentes, como lo sugieren casos exitosos; (ii) la cogestión de los trabajadores en las empresas privadas, fuente potencial de mejora en las condiciones de trabajo, de productividad genuina y de disminución de las disparidades en las remuneraciones; (iii) el involucramiento de los funcionarios en la gestión estatal, fortaleciendo su  calidad y su potencial para la innovación mediante modalidades participativas que mejoren las condiciones de trabajo y sobre todo la eficiencia del sector público en cuya dirección siempre debe primar el interés general.

Transformación de la matriz de protección social

Los cambios en la protección social deben dirigirse hacia una malla de carácter universal que atienda con efectividad diferencias sociales, apoyos a la redistribución y dificultades derivadas de un mundo laboral y social cambiantes, y principalmente proteja a los sectores más desfavorecidos al tiempo que estimule permanentemente la reducción de las múltiples desigualdades. Esta nueva matriz debe incorporar aspectos hoy incipientes como el apoyo a las personas y familias en las etapas reproductivas, de crianza y a los cuidados de personas dependientes. A su vez es vital que logre calibrar la eficiencia y la justicia para avanzar sobre un equilibrio donde se logren mayorías sociales que la sostengan así como seguir un criterio de profunda solidaridad.

Final abierto

La combinación de capitalismo y conocimiento es hoy la principal configuración del poder. Ella aprovecha plenamente del poder militar y de los medios de comunicación y tiende a subordinar al poder político. Ha promovido una globalización que al mismo tiempo multiplicó la producción y puso de manifiesto rasgos catastróficos. Desde hace ya varios años esa globalización se está resquebrajando en formas que dificultan cada vez más la coordinación internacional para atender a los grandes problemas de la Humanidad. El proceso en su conjunto va camino de generar alteraciones mayores. Para afrontarlas harán falta protagonismos de nuevas generaciones militantes, formas originales de acción a todos los niveles de la sociedad y, también, la revitalización de las ideas de izquierdas.

El panorama de la Humanidad se ha ensombrecido bruscamente por la crisis sanitaria y la crisis socio-económica resultante. Probablemente la primera no sea corta y la segunda bastante más larga. De alguna manera, una transformación o mutación de la sociedad se acelerará. Las izquierdas pueden tener por delante responsabilidades mayores.

Organizarse, identificar nudos críticos y reflexionar. Puede que los próximos años exijan un nivel de preparación sin precedentes. Lejos de cerrar la discusión, estos párrafos son una provocación para el debate. En un escenario deseable existirán otros escritos provenientes de diversos espacios de militancia de izquierda que motivados por sus propias luchas y lectura de la coyuntura, podrán dialogar con estas ideas y otras fuera del papel.

Por otra parte, parece razonable escalar el debate. Un paso importante cuando la densidad de producción avance será poner a disposición estos documentos y otros en un espacio virtual de rápido acceso y lectura. Por último, sea bajo el formato que la evolución de la pandemia permita, muy posiblemente bajo un formato virtual, y partiendo del necesario intercambio de ideas en vivo, sería extremadamente provechoso realizar una serie de actividades donde estos documentos sean presentados, comentados y donde puedan surgir nuevos aportes productos del intercambio.

Julio 2020

* Se agradecen enormemente los aportes de Federico Barreto, Luis Bértola, Mariana Cattoi, Martín Couto, Alberto Couriel, José Díaz, Gabriela Fachola, Federico Graña, Juan Pablo Labat, Manuel Laguarda, Pablo Martínez, Oriana Montti, Constanza Moreira, María Eugenia Oholeguy, Daniel Olesker, David Rabinovich, Enrique Rubio,  y Andrea Vigorito.

4 comentarios sobre “Sobre las perspectivas de las izquierdas

  1. Comparto plenamente lo expuesto como diagnóstico y como estrategia e identidad de la izquierda.
    Ojalá que promueva un acercamiento entre la «izquierda institucionalizada» y la «izquierda social».
    La derecha viene dura y con relatos renovados,yo diría como J.L Rebellato con una pedagogía del poder.

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  2. muchas gracias por los aportes. Estoy bastante de acuerdo con lo que se escribió. Desde mi punto de vista hablaría más de la transformación ecológica porque es más abarcativo y sólo hablar de lo ambiental parecería que es una dimensión más. También exploraría más la capacidad de una matriz productiva inclusiva, es decir distributiva porque generadora de trabajo decente.

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  3. Algún día teníamos que darnos cuenta que la vieja izquierda manejada desde algunos partidos verticalistas y totalitarios ya no son opción de cambio y hay que construir una nueva teoría social que contenga los avances científicos, sociales, filosoficos para desde allí reconstruir un entramado posible, realista, y habitable que realmente de respuesta a las necesidades de los pueblos. El cambio comienza cuando uno puede cambiar alejándose de los dogmas y con su conducta acerca y convence al compa que el camino es juntos construyendo y reconstruyendo

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