Evaluando lo hecho, repensando el futuro

Luis Bértola

Uruguay vivió 15 años de muy importantes y muy positivas transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales, bajo el liderazgo de una fuerza política formidable, como lo fue y sigue siendo el Frente Amplio, a pesar de sus muchas falencias.

Lamentablemente, este ciclo progresista reciente ha llegado a su fin, esperemos que transitoriamente. La derrota electoral ha sido muy dura, aunque mucho más ajustada que lo temido, y deja un amplio conjunto de preguntas sin responder y a una militancia ávida por responderlas y encontrar nuevos rumbos.

Es indispensable abrir un proceso de evaluación de lo hecho para repensar el futuro. Todos lo hemos estado haciendo, de una u otra forma. Sin embargo, un proceso más sistemático de evaluación y balance se ha ido postergando. Primero, por las inminentes elecciones departamentales y municipales que forman parte del ciclo electoral (y que aún no se llevaron a cabo), luego por la situación de crisis sanitaria. Luego vendrán las elecciones departamentales en setiembre. El riesgo es que aquella ebullición se pierda y posterguemos de manera indefinida un proceso de discusión que es indispensable, porque la vida política continúa y hay que seguir dando respuestas, aunque ahora en un contexto muy diferente. Nunca habrá un buen momento para abrir heridas, porque tratándose de un movimiento masivo, todo lo que discuta saldrá a la luz, pero no hay manera de evitarlo y dar un buen debate terminará siendo algo que nos fortalezca ante la ciudadanía. No debemos permitirnos quedar en la relativa comodidad de ser oposición y criticar las políticas que sabemos no serán muy buenas. No alcanza con eso.

Estas reflexiones pretenden contribuir en ese sentido. Ante todo, quiero dejar algo en claro: mi profundo respeto a todos los que se han comprometido en la era progresista desde los muy diversos campos en los que les tocó actuar, desde la gestión de gobierno, a la batalla cultural, a la organización de la sociedad civil en muy diferentes campos. Estas líneas no serán escritas contra nadie, ya que quien las escribe no se siente ajeno a ninguna de las críticas, sino parte, las más de las veces inorgánica, de esta izquierda.

Abordaré una serie poco articulada de problemas, ya que pretendo que este sea un documento breve, que no pretende fundamentaciones largas.

1. La creencia de la inevitabilidad del progresismo y de tener el viento de la historia en la espalda

Algunas miradas de la izquierda enfocan el desarrollo con una visión determinista, que parte de la base de que la evolución de la sociedad humana avanza irreversiblemente hacia mayor desarrollo y hacia superiores formas de organización social. Superiores en el sentido de equidad o de progresismo político.[1] Lo que nos muestra la historia moderna es que ha habido permanentes fluctuaciones en las orientaciones político-ideológicas dominantes, además del derrumbe de las economías dirigidas por la doctrina comunista. Entonces, creo que, probablemente de manera inconsciente, se fue gestando una idea de que una vez que la izquierda llega al poder y hace las cosas bien, su continuidad está consagrada y se puede dar el lujo de bajar la guardia, de acostumbrarse a los errores y a los problemas. Es necesario recordar que el apoyo de la población al modelo progresista nunca fue demasiado categórico, siempre hubo por lo menos un 45% de la población que no lo acompañó, y siempre hubo una franja de la población que apoyaba críticamente a los gobiernos del FA. Recordemos la particular coyuntura crítica en la que se logró la primera victoria electoral, lo que permitió al FA capturar mucha disconformidad y bronca de sectores que, como vimos, ahora la canalizaron en otra dirección. Entonces, se pudo haber gestado cierta soberbia de que alcanzaba con mover a la masa frenteamplista para ganar las elecciones.

Lamentablemente, como estamos viendo, no hay ningún determinismo histórico hacia gobiernos progresistas, sino que la conquista de la ciudadanía para esas trayectorias demanda un permanente trabajo de convencimiento u autoconvencimiento, pero, sobre todas las cosas, de tener buenas políticas y buenos ejecutores y de poder realmente transformar sustantivamente la sociedad y comunicar adecuadamente los logros. De la capacidad de movilización y el enrome compromiso de ese 40% de la población que tiene firmes ideas izquierdistas o progresistas ya no pueden caber dudas. Se hizo una gesta emocionante en el cierre de la campaña, que casi da para retener el gobierno. Entonces: no creamos que la historia está con nosotros; la debemos ganar. Y ello pasa para un debate ideológico permanente.

2. La coyuntura del ciclo económico y la no advertencia de sus debilidades

Uno de los problemas más serios del ciclo progresista fue la apuesta a un modelo de desarrollo basado en la producción de commodities de origen primario. Mucho se ha hablado sobre esto y mucho se ha argumentado a favor de que esos sectores mostraron un cambio tecnológico importante. Sin negar la dinámica tecnológica de algunos de estos sectores y cierto escalamiento hacia algunos productos más elaborados y sofisticados, es indudable que la economía uruguaya no cambió sus bases de inserción internacional y quedó sumamente expuesta a la fuerte volatilidad de la demanda y precios de esos bienes, cosa que es archiconocida y reconocida por economistas de todas las vertientes del pensamiento económico.

Haber aprovechado ese ciclo no es en sí cuestionable, y debo reconocer que nunca pensé que ese ciclo iba a ser tan potente como lo fue, pero lo que sí es cuestionable, es haber creído, como también gente de muy diversas orientaciones creyó, que ese ciclo iba a durar décadas y que sobre esa base podíamos construir una estable y permanente acumulación de políticas sociales. Lamentablemente la historia volvió a repetirse y ya antes de la crisis de la pandemia traíamos casi un lustro de un crecimiento muy moderado, que contrastaba con la dinámica de los compromisos sociales asumidos y las expectativas de la población.

Al menos dos consecuencias importantes se desprenden de lo anterior.

Por un lado, la debilidad de las políticas de desarrollo y diversificación productiva, el predominio de ideas de que alcanzaba con crear un buen clima de negocios e instituciones confiables para que la inversión siguiera fluyendo hacia el país. Junto a esto, la idea de que las apuestas sectoriales y la elección de ganadores era innecesaria, más allá del apoyo a aquellos sectores que ya se mostraban como exitosos y competitivos. Condenados a elegir, elegimos por apostar a lo de siempre. Y más aún, y de esto no se escapa casi nadie, tuvimos muy poca conciencia de los impactos ambientales de apostar a ese tipo de producción primaria, especialmente en el campo de la soja.

Una segunda consecuencia fue el cálculo político. Cuando el ciclo de las commodities llegó a su fin, muchos sectores se vieron fuertemente golpeados. Obviamente, entre ellos, estaban los exportadores que volvieron como siempre a pedir más devaluación, menos gasto público, acceso subvencionado a combustibles y varias demandas más, como si lo que pasaba no lo hubieran vivido antes y como que no hubiesen amasado buenas fortunas en los años dorados. Sin embargo, una de las características que tienen los ciclos expansivos, es que tienen cierto arrastre hacia un conjunto de actividades vinculadas a la propia expansión primario exportadora, pero también hacia el consumo doméstico generado por el aumento de los ingresos y demanda de servicios. Y estos sectores no son sectores acomodados y son relativamente numerosos. Frente al cambio de coyuntura la gente se rebeló y no siempre supimos entenderlo. Llegamos a pensar que eran unos desagradecidos. Ya había pasado con Nardone, pasó contra la dictadura, pasó con la crisis del 2002 y con el triunfo del FA, cuando tuvimos al Pepe como principal foco de atracción. Pasó ahora nuevamente. No se me escapa que hubo cierta corrida de clases medias acomodadas que llegaban a decir que ya el FA no representaba sus intereses. Esa es una pérdida de la batalla cultural e ideológica, en la que creo que fuimos muy condescendientes con ciertas formas de pensar el éxito económico y concebir el modelo de desarrollo.

3. El posicionamiento frente a la ortodoxia económica y frente a los temas distributivos

Lo anterior va de la mano de otro problema que debería ser motivo de un tratamiento mucho más extenso. A mi modo de ver, el FA hizo muchas concesiones al pensamiento económico más convencional y libró una muy moderada batalla contra esas concepciones. Eso se manifestó en las posturas frente al tema de la estructura productiva, pero también se manifestó en otros campos, como el de las concesiones tributarias a zonas francas, el relacionamiento con la inversión extranjera, todo lo que se refleja en una visión más amplia sobre las características del desarrollo económico. Sin embargo, por otra parte, esas miradas convivían con otras casi opuestas, aunque curiosamente complementarias, que siempre ponían el énfasis en los aspectos distributivos de la riqueza, de los ingresos, la expansión de la agenda de derechos, pero que no ponían el necesario énfasis en la transformación de las bases productivas que dieran sustentabilidad a la expansión de aquellas políticas y que, de hecho, suponían que el tema no era productivo sino distributivo.

Más allá de intentos que tuvieron más un carácter defensivo y con resultados poco alentadores, muy poco se hizo en dirección a promover nuevas formas de propiedad social.

Mientras el viento sopló bien, ambos discursos podían coexistir, pero cuando el viento cambió, se generó la tormenta perfecta: escasa dinámica productiva y déficit fiscal.

4. El problema de la gestión pública

A la izquierda se le va la vida con la gestión pública. Defendemos un modelo de sociedad en la que la solución de los problemas sociales se enfrenta con un fuerte sentido de justicia, de solidaridad, de libertad y de eficiencia al servicio del bien común y con especial respaldo a los más necesitados.

El FA pasó por 15 años de gobierno con bajísimos niveles de corrupción, aunque no debemos sostener que hemos estado libres del problema, ni que somos los únicos que tenemos valores.

Sin embargo, en materia de eficiencia me temo que en muchas áreas tuvimos problemas. Se hicieron muchísimas cosas muy bien hechas. La idea de que con los gobiernos del FA el Estado fue un desastre no se sostiene de ninguna manera. Alcanza con ver la actual reacción del sistema de salud y de nuestros centros de investigación científica para negarlo categóricamente. Es muy larga la lista de éxitos como para mencionarla aquí. Pero no podemos negar que existen de las otras. Este punto es crítico: si vamos a convencer a la ciudadanía de que se deben pagar impuestos, debemos ser los primeros defensores de la eficiencia de la gestión pública. Y en eso no solamente se debe serlo, sino también parecerlo: debe ser un eje permanente del discurso, de las preocupaciones. No quiero mencionar casos, porque no se trata de iniciar cazas de brujas. Lo que se trata es de poner el tema bien arriba en la agenda.

5. El complejo relacionamiento entre Gobierno, fuerza política y sociedad civil.

No vamos a inventar nada sobre esto. A nadie le caben dudas de que el Gobierno absorbió la fuerza política, que la estructura del FA quedó debilitada, que simultáneamente se produjeron cambios radicales en la sociedad y en las formas de militancia y relacionamiento. Que muchas de las demandas de los movimientos populares fueron implementadas y que también surgieron nuevos movimientos y nuevas expresiones populares. Este cóctel no quedó bien resuelto, y no creo que nadie pueda decir cómo se debe resolver. Pero algunas cosas se pueden decir.

En primer lugar, algo que pasa a menudo, es que la fuerza política queda totalmente identificada con el gobierno y canaliza todo el descontento social. La fuerza política pierde autonomía del gobierno, pierde filo ideológico y rebeldía. El Gobierno no es la fuerza política. El Gobierno gobierna, articula, hace lo que puede, debe conciliar, enfrentar restricciones. La fuerza política debe cuestionar, ir más lejos, levantar las miras, combatir ideológicamente. La fuerza política no puede someterse a los posibles equilibrios, no puede estar todo el tiempo en defensa de los logros y sin levantar nuevas banderas. En un país tan chico, con tan pocas economías de escala en la gestión pública, es difícil mantener cuadros activos para todas las funciones, pero es indispensable. Tenemos la ventaja de la cercanía, pero también ésta se puede transformar en una falta de nitidez de los roles. En estas nuevas circunstancias, será más fácil reconstruir la fuerza política, pero hay que prepararse para hacerlo en situación de gobierno.

Un segundo aspecto es que se debe evitar que la gestión de gobierno transforme a los gobernantes en una nueva élite, que sea percibida por la opinión pública como los dueños del poder y que la defensa de los logros termine mellando el discurso sobre las transformaciones que se deben seguir impulsando. Un gobierno de izquierda no puede dejar de comprender las demandas de los sectores populares y no debe pedirles ni esperar gratitud, porque todos los logros han sido conquistas fraguadas en la lucha.

Un tercer aspecto es que las formas de participación militante han cambiado y no se han encontrado buenos mecanismos para canalizarla. Es posible que podamos encontrar muy buenas nuevas formas de participación, al tiempo que no parece necesario ni conveniente sepultar las anteriores. Es necesario buscar que las nuevas formas de participación tengan presencia en la estructura de toma de decisiones. En este campo voy a insistir con algo que puede no ser bien recibido. Digamos que un 40% de la población -más allá de broncas, dudas o frustraciones- vota al FA con convicción, ya sea que tengan un perfil de tipo progresista o de izquierda más radical y doctrinaria. Y digamos que el 30% es firmemente frenteamplista, con similares perfiles a los anteriores, pero con un fuerte sentido de identidad con el FA. Mi convicción es que la mayoría de esos frenteamplistas es, ante todo, frenteamplista, es decir, que puede votar y apoyar o tener más simpatías por un sector que por otro, pero es, ante todo, frenteamplista. No es independiente: es frenteamplista; es no sectorizado o circunstancialmente sectorizado! Los mecanismos que han aparecido para canalizar electoralmente a estos sectores no me convencen. Una gran cantidad de listas, candidatos autoproclamados, que no tienen organizaciones específicas a las que rendir cuentas y que no pasan por mecanismos claros de legitimación.  No se trata de burocratizar y verticalizar, ni de poner trabas a la expresión de ideas y surgimiento de nuevos liderazgos, pero sería conveniente no caer en una electoralización de los liderazgos. Habrá que ser creativos.

Un cuarto aspecto es que la izquierda uruguaya y el movimiento popular uruguayo han mostrado una gran virtud que destaca en la comparación internacional: la fuerte independencia de los movimientos sociales en relación a las fuerzas políticas. Eso nos distingue nítidamente de muchas experiencias populistas, especialmente en América Latina. La independencia de los movimientos populares de los partidos políticos es una herencia que debemos preservar. Sin embargo, en los nuevos liderazgos surgidos en el FA existen claros referentes del movimiento sindical, pero no de otros movimientos sociales surgidos en las últimas décadas, como los movimientos ambientales, figuras del interior del país, vinculados a la agenda de derechos, por poner ejemplos. Los nuevos liderazgos han salido principalmente de la gestión pública. Así se corre el riesgo de identificar al FA con una clase política profesional que se despega crecientemente de los movimientos populares.

6. La democracia

No puede haber ambigüedades con la democracia. Que las democracias son imperfectas, lo sabemos; que no habrá democracia política real sin democracia económica y social, lo sabemos. Que regímenes no democráticos han podido liderar procesos que resultaron en mejoras sustantivas de la calidad de vida de la población, también lo sabemos. Hay otra cara de la verdad que también conocemos: que en nombre de ideales izquierdistas se han cometido enormes atrocidades, se han atropellado derechos, ha campeado la corrupción y se ha instalado la ineficiencia. El ideal izquierdista es un ideal democrático. No hay fin que justifique otros medios. Nuestro ideal es de libertad, de solidaridad, de participación. No hay quien pueda imponer políticas correctas contra la voluntad de las mayorías populares y sin el apoyo de amplios sectores de la población. Si así no fuera, la agenda de transformaciones será muy limitada. Es cierto que distintas realidades demandan arreglos diferentes y que siempre seremos respetuosos de la autodeterminación de los pueblos, pero a la izquierda uruguaya la ha dañado mucho cierta ambigüedad que existe en el discurso democrático. No por defender caminos no democráticos en nuestro país, muy por el contrario, sino por ser condescendientes con regímenes poco democráticos en otros países. Y no me estoy refiriendo a las posturas diplomáticas y a cómo pararse en el ámbito de las relaciones internacionales. Me refiero a la propia caracterización que se hace de esos regímenes.

7. Qué sociedad queremos

Para finalizar estas líneas quiero remarcar que no he pretendido abarcar más que un número limitado de aspectos, para no escribir un texto muy largo. También enfatizar la importancia del desafío fundamental de reconstruir un proyecto de país que combine una transformación productiva ambientalmente sustentable pero no limitada al procesamiento primario, que permita la generación de crecientes capacidades para crear una sociedad igualitaria y solidaria, dinámicamente inserta en el mundo y basada en innovaciones tecnológicas y sociales que abarquen las formas de la propiedad social. Es un tema que merece ser tratado con mucha profundidad, lo que no es posible hacer en estas pocas páginas. Quedará para otro momento.


[1] Creo que las sociedades efectivamente han mejorado sustantivamente sus niveles de vida y aún avanzado de manera importante hacia sociedades más democráticas, pero no veo una tendencia histórica marcada hacia visiones más de izquierda que de derecha, lamentablemente.

Un comentario sobre “Evaluando lo hecho, repensando el futuro

  1. Debí agradecer en el texto la invitación de los cuatro organizadores de este espacio y los comentarios que hicieron a una primer versión del texto. Más vale tarde que nunca. Gracias.

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s