Revisión a fondo

Gabriel Delacoste

El texto titulado “Sobre las perspectivas de las izquierdas”, escrito por Rodrigo Arocena, Joaquín Toledo, Gabriel Márquez y Malena Montano es una invitación a discutir en profundidad sobre la izquierda, en un momento en el que esta discusión es vital. Uno de sus principales aciertos es diagnosticar que “la historia reciente y la problemática contemporánea requieren una revisión a fondo de los supuestos, las propuestas y las prácticas de las izquierdas”.

Lo primero que es necesario, entonces, es dar cuenta de cuales son los supuestos, propuestas y prácticas que hay que revisar a fondo en este momento particular, por lo que, antes de empezar a discutir, es necesario ir un poco hacia atrás en la historia.

La izquierda uruguaya tiene una larga historia de revisiones a fondo. En varios momentos importantes, sobre todo después de las derrotas, se desataron discusiones en las que se habilitó cuestionar las bases filosóficas, las narraciones históricas, las formas organizativas y los razonamientos éticos en los que se inscribían las prácticas anteriores. En la historia de la izquierda uruguaya, la última gran revisión de este tipo fue la llamada “renovación”, que se desarrolló a los largo de los años 80 y 90, dando como resultado el marco en el que el Frente Amplio pensó sus estrategias electorales, de alianzas y de gobierno.

La renovación

Lo que la “renovación” revisó fueron las ideas de la izquierda uruguaya de los años 60. Algunas de estas ideas son: que la construcción del socialismo es una posibilidad real, que la política tiene que ser planteada como un antagonismo entre oligarquía y pueblo, que el imperialismo estadounidense es el principal enemigo estratégico, que la democracia liberal tiene que ser criticada, que los intelectuales tienen que comprometerse con esta lucha y que la militancia tiene que ser masiva y disciplinada. Las izquierdas de los 60, fueran marxistas, post-batllistas, nacionalistas populares, dependentistas o anarquistas compartían mayormente versiones de estas ideas, que a su vez eran el fruto de una revisión de las ideas y las prácticas de la izquierda uruguaya de la primera mitad del siglo XX.

En los años 60, estas ideas no solo circulaban en Uruguay, sino que formaban parte de una convulsión revolucionaria de escala planetaria, que tuvo versiones distintas pero en diálogo desde Chile a Vietnam, desde Cuba a Argelia, desde la Sorbonne a Berkeley, desde Praga a Shangai. Uruguay no fue la excepción. En los años 70, la situación dio un vuelco, cuyo resultado fue un largo proceso reaccionario protagonizado por el imperialismo estadounidense, las clases capitalistas locales, ejércitos dispuestos a liderar gobiernos autoritarios y redes intelectuales neoliberales. En esto, Uruguay tampoco fue excepción.

Las lecturas que se hicieron de la derrota de los 60 produjeron la “renovación” de los 80. Este proceso fue distinto y tuvo diferentes resultados en diferentes espacios: no se dio igual en el Partido Socialista que en el Partido por el Gobierno del Pueblo, el MLN-T, el Partido Comunista, la CNT (que ahora incluía al Pit en su sigla) o los circuitos intelectuales de izquierda alojados en la Universidad de la República. De una forma despareja, disputada, creativa y a veces traumática, este proceso produjo una profunda revisión de cada una de las ideas que a partir de entonces pasaron a ser llamadas “sesentistas”.

Al igual que en los 60, este fue un proceso que no sucedió solo en Uruguay. Fue acompañado por reflexiones similares en las socialdemocracias europeas (cada vez más centristas luego de la “vuelta en U” de Miterrand y el ascenso de Felipe González y el asesinato de Olof Palme), los nacionalismos populares (que reflexionaban sobre cómo la liberación nacional quedó entrampada en la crisis de la deuda), el desarrollismo (que desde la CEPAL llamaba a dejar atrás el estatismo y abrirse a ideas schumpeterianas y neoliberales, creando el “neodesarrollismo”), el movimiento de derechos humanos (que se preguntaba como hacer que la dictadura no sucediera nunca más), el comunismo (que primero intentó reformarse con la peristroka y después tuvo que hacer el duelo del colapso). A esto se sumaban contraculturas contestatarias juveniles e ideas que en aquel momento se llamaban “posmodernas”, que tuvieron sus representantes locales y movieron el piso cultural en el que se daban las discusiones. Además, el avance neoliberal se aceleraba, y la necesidad de dar una respuesta que pudiera frenarlo un poco (aun sin ser maximalista) daba a la discusión una sensación de urgencia.

Aunque la renovación fue más un campo plural de discusiones que un dogma rígido, quienes se inscribían en este campo compartían algunas ideas en común:

– El rechazo al “sesentismo”.

– La reivindicación de la democracia liberal como el mejor régimen político posible.

– La conquista y defensa de derechos como principal objetivo político.

– Una agenda económica organizada por el concepto de “desarrollo” (aunque el contenido de esta palabra no estuviera del todo claro).

El discurso de la renovación ochentista es un discurso potente, capaz de lograr unas cuantas cosas:

– Incluye en su base un rechazo a las formas más extremas de violencia política.

– Permite evadir los problemas de las experiencias socialistas del siglo XX.

– Es eficaz para disputar políticamente en una situación de hegemonía cultural neoliberal.

– Produce una visión clara y realista de lo que hay que hacer, prometiendo mejoras concretas para amplios sectores de la población, en diálogo con los diagnósticos de las corrientes principales de la academia.

– Sirve de marco mínimo de acuerdo entre un campo amplio de sectores de izquierda, populares y progresistas.

La disputa al interior del campo de la renovación estaba organizado en torno a varios polos: hubieron posturas más bien estatistas, otras centradas en la “agenda de derechos”, otras en la integración latinoamericana, conviviendo de una forma relativamente virtuosa aunque por momentos conflictiva. En el seno del frenteamplismo creció además, de forma gradual, una corriente político-intelectual preocupada por temas como la reforma del estado, la atracción de inversiones, el gobierno electrónico, la evaluación educativa o el fomento del emprendedurismo. Esta corriente tuvo sus patas en la academia, en la OPP, en el equipo económico, en sectores empresariales, en consultoras, en think tanks y en la prensa y, especialmente a partir de la tercera administración frenteamplista, fue la que definió la orientación del gobierno.

Es posible que el triunfo final de esta corriente estuviera por lo menos en parte determinado por la trayectoria anterior. Quizás es de algún modo la culminación del proyecto “renovador”. En el tercer gobierno frenteamplista, que no contó con altos precios internacionales de las materias primas exportadas como los anteriores, cuajó explícitamente que el objetivo de la izquierda en el gobierno era mejorar los indicadores de bienestar a través de políticas públicas, y que estos recursos tenían que obtenerse sin provocar conflictos sociales (por lo que se descartaba una agenda redistributiva profunda, una disputa del núcleo del poder económico o una mobilización popular fuerte), por lo que los recursos tenían que venir del crecimiento económico, y éste tenía que ser impulsado por inversiones privadas, especialmente internacionales. Las crecientes concesiones que se hicieron al capital para atraer inversiones alejaron al FA de sus bases y produjeron conflictos ambientales. El discurso de la izquierda gobernante empezó a sonar peligrosamente parecido a “lo que es bueno para los inversores es bueno para el país”. La reversión del sesentismo estaba completa, y la situación empezó a parecer un callejón sin salida.

¿Y ahora?

La derrota electoral del Frente Amplio en 2019 fue consecuencia y también confirmación del agotamiento de la renovación ochentista. Lo que se debe “revisar a fondo”, entonces, son los supuestos, las propuestas y las prácticas desarrolladas en este proceso.

El texto “Sobre las perspectivas de las izquierdas” apunta en algunas direcciones que contribuyen en esta tarea, pero no va suficientemente profundo, ya que en lugar de revisar a fondo los supuestos de la larga trayectoria ochentista, los da, valga la redundancia, por supuestos.

Decir esto no implica no estar de acuerdo con muchos de los puntos que el texto propone. Por decirlo de alguna manera, el texto expone y actualiza la mejor versión, el “ala izquierda”, del discurso de la renovación. Esto puede tener su valor para discutir con el “ala derecha” de ese discurso (la que se impuso en 2015) y para plantarse frente a “autocríticas” conservadoras, que ya asoman.

El texto da algunos pasos importantes en la discusión: habla de la necesidad del diálogo con el feminismo y el ecologismo, del protagonismo popular y de las políticas universales. La izquierda uruguaya tiene importantes debes en estos cuatro puntos. Pero levantarlos es solamente el inicio de la tarea, que implica necesariamente la revisión del proceso, para entender por qué las cosas que nos parece que se tendrían que hacer no se hicieron. Eso requiere de un estudio profundo de los procesos económicos, las políticas públicas, las ideas y las formas organizativas en las últimas décadas. ¿Qué ideologías, prácticas y relaciones de fuerzas dificultaron el diálogo con las ideas y movimientos ecologistas y feministas? ¿Qué ideas sobre la política, la participación y la gestión inhibieron el protagonismo popular? ¿Qué pensamientos sobre las políticas públicas, qué restricciones presupuestales y qué estrategias de gestión impidieron la construcción de políticas universales? Responder estas preguntas excede en mucho las posibilidades de este texto, pero creo que esta discusión puede ser un buen lugar para plantearlas.

La necesidad de revisar a la renovación ochentista no es un capricho ni una “corrida por izquierda”, sino que surge de tres problemas que pareciera que la renovación no puede resolver: el primero, que la situación actual es muy diferente de la situación para la que se creó el pensamiento renovado; el segundo, que las virtudes del discurso renovado parecen ser menos efectivas que en el pasado; el tercero, las propias limitaciones del discurso renovado, que pueden estar siendo una traba para pensar la política. Repasemos estos puntos:

1. La situación en 2020 es radicalmente distinta a la de, digamos, 1990. No estamos en un momento de “ola de democratización” sino, al contrario, en un momento en el que crecen las tendencias al autoritarismo en prácticamente todo el mundo. No estamos tampoco en un momento en el que el neoliberalismo sea capaz de plantear una visión optimista y de generar amplios consensos. Ni estamos lidiando con la derrota de los 60 y el ciclo revolucionario abierto en 1917, sino con la derrota de los procesos que vienen de los 80.

2. Las virtudes del discurso de la renovación empiezan a dar señales de haber perdido efectividad.

– Si miramos a Colombia, Brasil o Chile, parece claro que el mantenimiento de instituciones nominalmente democráticas y de consagración oficial de derechos no impide brutales despliegues de violencia estatal, ni el ascenso de ultraderechas.

– Parece menos obvio, en este momento de crisis capitalista, disputas callejeras y golpes de estado que el discurso sesentista sea algo obsoleto que tiene que ser superado para entender la realidad.

– La capacidad de disputar políticamente del discurso ochentista está averiada: su lenguaje tecnocrático y sus abstracciones lo hacen sonar vacío, y su vínculo con ciertos circuitos internacionales lo hace vulnerable a ataques “antiglobalistas”.

– Más aún, no parece evidente que una estrategia como la que desarrolló el FA en el gobierno funcione. Pudimos ver su vulnerabilidad a los ciclos de precios, sus dificultades para la disputa hegemónica, su incapacidad para transformar profundamente las formas de vida.

– Y ya no es tan claro que el discurso ochentista sirva de “marco mínimo”: amplios sectores del campo popular y la izquierda o bien se sienten ajenos a su lenguaje, o bien directamente lo rechazan.

3. El discurso renovado tiene algunas limitaciones intelectuales que es necesario superar. En primero lugar, no nos da herramientas para pensar el poder, en particular el del capital y el de las fuerzas armadas. Uno podría, desde el discurso de la renovación, decir que estos poderes tienen que ser limitados, pero eso no alcanza: necesitamos un pensamiento sobre la economía y la violencia que nos permita pensar en el poder con más inteligencia. El problema que el discurso renovado tiene con el poder lo tiene también con el sujeto, la historia, la transformación y la economía. Para pensar un proyecto, una idea de mundo y un rumbo, necesitamos un pensamiento sustantivo.

No estoy queriendo decir que haya que rechazar las nociones de democracia, derechos y desarrollo (quizás si a la de desarrollo). Pero sí que hay que revisarlas, interrogar su significado, sus usos y sus connotaciones, y pensar si tienen que tener un lugar tan central en el discurso. Tampoco se trata de plantear que las lecciones de los 80 tengan que ser olvidadas ni que haya que volver a los 60. Ni que haya que volver al 900 o a Artigas. Todos estos son momentos importantes en la historia de la izquierda uruguaya y del Uruguay, que tienen que ser reelaborados. Pero lo que construyamos tiene que responder al presente.

Si bien no es posible tener hoy una visión articulada de como va a ser lo que surja de la “revisión a fondo” de la renovación ochentista, se pueden plantear algunas intuiciones que quizás sirvan para iniciar conversaciones sobre en qué deberíamos profundizar:

– Es necesaria una crítica profunda de lo hecho por las izquierdas y centroizquierdas de las últimas décadas. Esto tiene que venir acompañado de una nueva mirada a la historia uruguaya, que busque pistas, inspiraciones y potenciales ocultos por las narraciones dominantes.

– Es posible que sea necesario rechazar la posibilidad de que la derrota produzca como síntesis una “autocrítica conservadora”, que llegue a la conclusión de que se dio demasiada pelota a las minorías, se sacó demasiado poco a la policía, se fue demasiado poco nacionalista y pragmático. Eso, lejos de resolver los problemas, sería recaer en las peores tendencias de la renovación.

– Sería inteligente escuchar con sinceridad y apertura a quienes en estos años en la izquierda no participaron del progresismo y formularon críticas que, por lo menos parcialmente, resultaron ser ciertas.

– Podría ser productivo un diálogo con lo que están creando los movimientos sociales, que no se limite a levantar como “demandas” algunas de sus ideas. Hablar en profundidad, por ejemplo, con el ecologismo y el feminismo implica asumir la profundidad de la crítica que esos movimientos hacen al mundo actual y a la forma como han actuado las izquierdas.

– Es urgente entender a las nuevas derechas, que son muy distintas del liberalismo optimista de los 90. Fanatismos religiosos, oscurantismos, nacionalismos, “libertarianismos”, tradicionalismos, “neoreacciones” y cosas del estilo están floreciendo en todos lados, y no podemos darnos el lujo de ignorarlos. Se necesitan estrategias y discursos capaces de responder a las innovaciones de la derecha. Y también que sean capaces de pensar como desbaratar la maraña jurídica e institucional creada a nivel nacional e internacional por el neoliberalismo, compuesta de competencias por atraer capitales, tratados de inversión, zonas francas, etc.

– Para buscar inspiración, puede ser útil echar una nueva mirada a lo que está pasando en el mundo intelectual, incluyendo a las ciencias sociales, las ciencias naturales, la informática y el amplio mundo intelectual que se encuentra fuera de la academia. Esto implica prestar atención a las corrientes vanguardistas, marginales y minoritarias, en las que puede haber gérmenes de pensamientos poco conocidos pero desequilibrantes.

– Es crucial identificar y pensar en profundidad en las relaciones sociales y las formas de vida que quisiéramos que sustituyan a las capitalistas. Y también en qué formas organizativas, institucionales, económicas y jurídicas podrían protegerlas y potenciarlas.

Esto puede parecer mucho trabajo, y lo es. Pero no es un desafío de una escala diferente de los que la izquierda uruguaya asumió y resolvió (con aciertos y errores) en las dos grandes “revisiones a fondo” anteriores, la de los 60 y la de los 80. Es necesario impulsar la de los 2020.

2 comentarios sobre “Revisión a fondo

  1. Me gusto en lineas generales el plantamiento, apenas puedo decit esto despues de una lectura rapida. Modestamente quisiera participar de este movimiento, pues ya hace un tiempo los discursos de la izquierda me resultan superficiales, acartonados, y sus formuladores aparentemente poco dispuestos a escuchar propuestas renovadoras.

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